Gerardo
Por supuesto que no pudo haber sido él.
Gerardo es conserje del edificio. Se levanta a las seis de la mañana, saca la basura de cada uno de los trece pisos y limpia el hall de entrada antes de que siquiera el sol comience a salir. Todos adoran a Gerardo, tiene el pelo gris y una pequeña sonrisa se asoma entre sus cachetes redondos y arrugados cada vez que saluda.
Gerardo siempre se viste igual, o mejor dicho, siempre usa su ropa de trabajo, simplemente porque no hace otra cosa que estar en el edificio. Los pantalones y camisa gris siempre le quedan holgados, pero a él le gustaba así, odia que los pantalones le ajusten la panza o que la camisa le tire cuando se agacha.
Gerardo a veces escucha cosas, pero nunca ha sido un problema.
De todos modos nunca ha sido el más inteligente de la clase.
Gerardo nunca llama la atención.
Vive en la azotea, en una casilla mucho más pequeña que el resto de los departamentos. Los libros y revistas se amontonan polvorientos sobre sus sillones, la mesa y en el suelo. Gerardo no lee realmente, solo le gusta acumularlos. Los ordena y los desordena una y otra vez, a veces por colores, a veces por tamaño, a veces por nombre.
Ordenar es divertido para Gerardo.
Gerardo a veces olvida tomar su medicina.
Es imposible que haya sido él, incluso habiendo encontrado sus gruesos lentes destrozados cerca del lugar donde encontraron los cuerpos. Apenas si puede ver con aquellos culos de botella frente a sus ojos. ¿Cómo podría haber hecho siquiera para arrastrarlas hasta allí? Es decir, no es que sus ojos fueran un impedimento para ello, pero si sus piernas.
Gerardo usa un zapato ortopédico, pues nació con una deformidad en su pierna izquierda y era mucho más corta que la otra. Eso lo hacía renguear y que su espalda le doliera mucho.
Gerardo no recuerda nada, aun cuando su ropa gris de trabajo se encuentra ahora en una bolsa plástica y casi totalmente teñida de rojo. Gerardo no entiende, él siempre pone a lavar su ropa antes de dormir.
Quizás fue la voz del ascensor, deberían revisar allí. Siempre se escucha que dice cosas feas desde el hueco del ascensor.
Todo el mundo quiere a Gerardo, incluso aquella vieja horrible del quinto, con sus dientes amarillentos y su desprecio por los gatos. O los chicos del tercero que siempre hacen ruido por las noches, o los del trece que viven debajo de él, que no lo dejan dormir la siesta porque ponen el televisor a mucho volumen.
“¡Pobre Gerardo!” –Piensan los inquilinos- “¡siempre tan bueno y siempre tan solo!”
Gerardo no pudo haberle hecho eso a esas chicas. No tiene la fuerza para arrastrarlas hasta la terraza y menos con su cojera.
No pudo haber sido él, aun cuando las cámaras de seguridad no funcionaron en toda la noche y solo él tiene el único acceso para apagarlas. Aun cuando su zapato ortopédico tenía la suela llena de barro del jardín de la casa de una de las víctimas.
Gerardo está seguro de que tenía que haber sido la voz del hueco del ascensor. Gerardo la oyó pidiéndole a él que lo haga, pero Gerardo no haría eso. Gerardo es bueno y solo quiere que lo dejen ordenar sus libros en paz.
Gerardo pide disculpas. Cuando está nervioso y no toma su medicación Gerardo suele empezar a hablar en tercera persona.
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