El accidente

Al principio no sintió nada

La imagen le llegó primero que cualquier otra cosa, incluso el ensordecedor ruido de la máquina que seguía girando sin parar mientras manchaba las mesas de trabajo, los uniformes y las paredes. Ni siquiera oyó los gritos de sus compañeros desesperados que trataban de frenar el aparato.

Solo podía oír un pequeño zumbido y tenía la boca seca. Un pinchazo le hizo salir del desconcierto, le subió por el hombro y le llego hasta la garganta, pero no gritó. El desconcierto lo agobiaba. Miró a su brazo izquierdo, tratando de encontrar la fuente de aquel dolor, pero no halló nada, ni siquiera su brazo.
La manga de su mameluco de trabajo ya no existía y allí donde debería haber estado su antebrazo había un vacío tan terriblemente inexplicable que él ni siquiera estaba pudiendo percibir la posibilidad de lo que estaba sucediendo. No entendía qué estaba sucediendo, pero eso le venía pasando hace semanas, desde la muerte de su esposa Irma, ni siquiera había podido llorar aquel día. Como si en realidad él nunca se hubiese enterado de verdad.

Atónito e inmóvil en medio del galpón sintió como lo empujaban suave pero rápidamente hacia atrás y lo sentaban en una silla. La máquina seguía girando, los gritos continuaban, no podían detenerla, sentía que algo le salpicaba la cara, vio las manchas rojas en el piso, en las herramientas y en la ropa de sus compañeros. Uno se acercó, lo tomó del bíceps y le ató fuertemente un trapo alrededor. 

-¿Qué pasa? ¿Qué haces? —Preguntó, tratando de detener a su compañero. Tenía las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros. Apenas si pudo pronunciar esas palabras por el entumecimiento que sentía en la lengua

-Quédate quieto Carlos —le dijo amablemente su compañero, la cara de preocupación y horror era evidente en todos, menos en Carlos, que no podía terminar de comprender qué estaba pasando—, todo va a estar bien, no te preocupes. 

-Está en shock —Carlos escuchó una voz pero no reconoció de quien era, le resultó extraño, hace treinta años que trabajaba en ese lugar, él conocía la voz de todos—, ya llamaron a la ambulancia.

La máquina seguía girando. Carlos podía ver como pedazos de algo que parecía una masa negruzca y extraña salían volando del enorme aparato y ensuciaban a todo el mundo. Pudo ver que había alguien desmayado en el suelo, y que Juan, el chico que había empezado hacía unos días, estaba vomitando sin parar a unos metros de él. 

Los gritos seguían, no podían apagarla, un sonido chirriante salía de los engranajes. Se sentía mareado, muy mareado.

-¡Corta la luz! —Se escuchó desde el otro lado del galpón—

El hombre que le había atado algo en el brazo salió corriendo hacia una columna cercana a la puerta principal. Todo se puso negro, el ruido cesó. Un murmullo nervioso se levantó en la oscuridad y él intentó ponerse de pie. No habían pasado ni dos minutos desde que aquella debacle había comenzado, pero él sentía que hace semanas que se sentía así, especialmente desde el funeral de Irma.

Dio unos pasos en la oscuridad y tropezó. Intentó detener la caída sosteniéndose de algo cercano, pero allí donde debería haber estado su brazo izquierdo solo había un vacío inexplicable.

Cayó pesadamente y su cabeza golpeó el suelo. Todo se volvió más negro aun, pero el mareo desapareció.

Despertó en una cama, las paredes blancas y la luz brillante le lastimaban los ojos. Una enfermera le cambiaba las vendas y un médico anotaba algo en una libreta, a los pies de su cama.

-¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?

-Está en el hospital Carlos, quédese tranquilo, no se levante, debe descansar. Tuvo un accidente laboral, debo decirle que lamentablemente no pudimos salvar su brazo.

-¿Mi brazo? —preguntó Carlos, mirando desconcertado aún el vacío que la enfermera acababa de dejar fuera del vendaje.

-Le dejo aquí lo que pudimos recuperar, ahora descanse –Terminó de decir el médico, mientras dejaba un pequeño objeto dorado sobre la mesita al lado de la cama.
 
La alianza de oro brillaba impoluta sobre la madera vieja. Entonces Carlos se miró de nuevo el brazo y el dolor llegó finalmente, con toda la fuerza contenida del accidente. 


Comments

Popular posts from this blog

Gerardo

Toby

Bajo el edredón