Un infierno pulido

 



¿Qué saben los hombres sobre el infierno? ¿Qué es aquello a lo que llaman infierno? La gente parece proyectárselo frente a sí cuando oye estas preguntas. Sus caras se desfiguran por unos segundos en un breve estupor, como si lo que les representara esa palabra les helara los huesos o como si, tal vez, la pregunta fuese demasiado extraña o demasiado inefable la respuesta para sonar en los labios. 

Sin embargo, en nada se parece el infierno a lo que dicen los hombres. Se lo imaginan controlado por sujetos rojos, carnudamente ornamentados, con cola y tridentes; imaginan que el fuego quema ab aeterno los tejidos y las almas y el olor a azufre penetra hasta los huesos. Dicen que los gritos y lamentos nunca cesan, ¡que lo más horrible del dolor es la carne! Y lo piensan así aunque sus propios libros digan que es el alma. Han imaginado que su diseño fue hecho por una mano divina, estructurado en sectores y plantas de formas circulares, porque esa es la más perfecta de todas las figuras. Incluso han esperado, por siglos, encontrarse con perros de tres cabezas, minotauros y cientos de bestias horrendas y fantásticas custodiando sus puertas y pasadizos… pero lo más iluso de todo lo que dicen es que el infierno tiene a alguien en quien derramar la hiel de las venas, donde pueden evacuar la ira de sus entrañas, alguien que represente el mal en sí mismo, cuya presencia les diga que son unos pobres infelices y que el maldito es el que azota el látigo contra las espaldas y hace correr la sangre sin dejarlos morir nunca… ojalá hubiese alguien así en el infierno, ojalá existiera un ser que escuchase aquellos gritos con una copa de vino en la mano y se masturbase con gemidos de dolor de niños y mujeres… ojalá por lo menos se pudiese gritar.

         Esa mañana, mi cuerpo se levantó de la cama. Maldije en silencio a un dios que no responde, como en todas las ocasiones en que el sueño termina, sin que una sola partícula de materia de las que está hecho este lado se anoticie; sin que mi rabia y mi desdén provoquen ningún efecto mariposa. Hay un gran ventanal frente a la cama, once pisos bajo estos pies y más libros en el departamento que los que he visto en mi vida. No hay un verdugo, ni látigo ni olor a azufre, sólo la celda de carne: huesos y vísceras desde donde se puede sentir todo (gustos, olores y texturas en una avalancha de sensaciones, todo al mismo tiempo y con enloquecedora precisión).

Puedo verlo y oírlo todo. Lo que escucha, lo que dice, lo que piensa ¡y hasta lo que no quiere ni pensar! Desde la celda de carne puede percibirse el mundo como nadie podría haberlo percibido nunca.

La agonía de la muerte no fue nada comparado a esto. El otro se mueve a su conveniencia: hace lo que le viene en gana y toma sus propias decisiones… yo me muevo con él, mirando siempre a través de sus ojos, sintiendo a través de su piel sin poder mover un solo músculo aunque, a veces (cada vez más seguido), cuando la rabia y la impotencia se me aglomeran en el alma, puedo reunir las suficientes fuerzas para romper mis ataduras por un instante y hacerlo fallar: que se olvide de cosas, que diga en voz alta algo que quiere ocultar, o coaccionarlo a hacer cosas que lo perjudican. Otras veces, cuando no podemos vernos el uno al otro, golpeo cosas de la casa, o puedo hacer que se muevan mínimamente, sólo para asustarlo… yo sé que todos los de este lado hacemos lo mismo, pero la gente cree que son fantasmas.

El pobre no tiene la culpa de nada, él no sabe nada de esto en absoluto, sin embargo, hacerlo es la única manera de sentirme libre por un momento. Él solo me ve a los ojos cada mañana, se peina, se acomoda la ropa y sale para el estudio. En el camino nos encontramos también un par de veces. Mientras está en el departamento, lee incansablemente las obras completas de su autor favorito: Lewis Carroll     –siempre imaginé que esto era una forma de burlarse de mí– pero también le gusta mucho Alejandro Dolina.

¿Serán los fabricantes de estos artificios donde lo veo (y me veo en esta imagen que no es la mía, y en este cuerpo que no es suyo ni de nadie tampoco) los culpables de todo?

         Mientras sueña, el ahogo y la impotencia disminuyen. El mundo se desvanece y consigo moverme, con algunas limitaciones, a través de los oníricos escenarios que puedo crear. A veces, los creo a voluntad, pero otras veces debo huir de las más terribles atrocidades que no logro controlar. No obstante –al menos de alguna manera– los pies que muevo allí son míos.

          Hace unos días sucedió algo muy particular. Una tarde en que el muchacho se preparaba para ir al trabajo, notó que afuera estaba fresco, por lo que fue hasta el armario y se puso su suéter azul de lana. Se disponía a salir pero al atravesar la sala vio de reojo algo extraño en el gran espejo que la adornaba. Volvió sobre sus pasos y se miró nuevamente frente al cristal: ahora todo parecía en orden pero estaba casi seguro de que en el reflejo su suéter era de otro color. ¿Verde, quizás? No sabría precisarlo bien. Se acercó y apoyó la cara contra el frío material que se extendía desde el piso hasta unos centímetros por encima de su cabeza. Miró hacia la izquierda, con la mejilla apoyada, y visualizó la extensión de la sala opuesta que se cernía frente a él, a la cual no tenía acceso más que con sus ojos. Luego, quiso hacer lo mismo con el lado contrario. Ese día algo funcionaba mal, pues yo lo observaba frente al espejo, mientras su cara se desfiguraba aplastada contra él; y cuando quiso mirar a su derecha, me vio allí, donde no debería estar, de pie, en el medio de la sala. No sé cómo lo supe, no sé de dónde saqué tantas fuerzas pero lo tomé de los hombros y el infierno se lo tragó, mientras yo cruzaba estrenando sus piernas del otro lado del espejo.

         Me odia, sé que me odia, pero por lo menos él tiene un verdugo. Todo el tiempo me equivoco, me olvido de cosas y digo estupideces. Pero no me molesta, el precio es demasiado bajo, yo sé por qué me pasan esas cosas. Dejé el trabajo en el estudio, vendí los libros y me cambié de departamento. Ahora soy empleado en una vidriería. Estoy seguro de que ellos saben algo de todo esto. Mientras tanto, paso el tiempo preguntándoles a los clientes qué piensan sobre el infierno.

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